A mi me gustaba perseguir las gotas de lluvia, imprimiendo mis huellas en el vaho de las ventanillas sin embargo su vida giraba en torno a un tablero de ajedrez.
Vivíamos en la misma casa ese personaje y yo, y compartíamos algo más que plato de ducha. De gesto adusto y bajo un sombrero negro solia mirarlo todo como si nada le asombrase, tras sus gafas, analizando las palabras, las miradas, como si fuesen jugadas de ajedrez.
Yo admiraba su afán de saber, su amor a las palabras, su mente despierta escondida en miles de bostezos que hacian retumbar los pasillos, cuando tintineando iba tirando el cinturón aquí, las llaves allá, una moneda, que rueda, dando vueltas hasta que caer dormida.
Nos habíamos conocido en la facultad, cuando yo todavía empezaba a ser lo que ahora soy, cuando vestía aquellos horribles pantalones de cuadros y escuchaba a los Beatles. Él me había hablado de la globalización por primera vez, de la importancia de las pequeñas cosas, del comunismo, de la guerra de Vietnam, de otro mundo posible, de salir a la calle y levantar pancartas corriendo delante la masa gris que nos perseguía y de su ira. Más tarde, de la impotencia que derivó en conformismo.
Solía pasarse las tardes en la facultad, jugando al ajedrez, contra si mismo, contra sus fantasmas, haciendo de vez en cuando una parada para repostar, como el decía. Bebía tanta cerveza que podría haberle crecido un campo de cebada en la barriga.
Los años universitarios se escurrieron como arena entre los dedos y nos encontramos un día tras una barra. Yo reconocí sus pasos entre el bullicio del bar, los reconocí porque cualquiera lo hubiese hecho, porque los pensaba, los calculaba meticulosamente, y eso se notaba. Me pidió una cerveza y al sacarse el sombrero clavó sus ojos en mi. La barba un poco más larga, más descuidada, los ojos hundidos, el cansancio se podía leer tras los anchos cristales, la nicotina había hecho estragos en sus dientes… - ¿Sigues jugando al ajedrez?, le pregunte.
-¿Crees que me ganarás si te digo que no?, resondio arqueando las cejas.
- Tu cerveza, le dije acercándosela.

Arturo Nicolás dijo
Evocador. Un testimonio de aquellas actitudes, de aquellos sueños.
Y en un descuido, Jaque Mate.
(me costó eh xD)
2 Noviembre 2007 | 12:02 AM